Baraka

|


Director: Ron Fricke
Guión: Constantine Nicholas y Genevieve Nicholas

Puntuación: 8.5

Debo confesar que no vi Baraka cuando fue estrenada en el año 92. Durante todo este tiempo se convirtió en una tarea que fue pospuesta una y otra vez a pesar de los comentarios positivos que leí y escuché por años. Recientemente tuve la oportunidad de ver la versión restaurada en alta definición de este film, y no cabe duda de que en 18 no había tenido tanta vigencia como hoy.

Baraka es una cinta peculiar que no cuenta con diálogos, personajes o actores en el sentido tradicional de la palabra. Está compuesta por secuencias de imágenes estilo documental grabadas en 24 países, que aunque no desarrollan una historia, son profundamente emocionales y determinan el ritmo e intensidad de las sensaciones que se experimentan. Su exquisita composición artística la convierte en una especie de híbrido entre el género documental y un drama antropológico naturalista.

En 96 minutos, presenciamos una contemplación sobre las diversas manifestaciones de vida en la tierra, cuyo eje central sea quizás la delicada relación entre el ser humano y el resto del planeta. Las secuencias no poseen títulos, números o marcas de algún tipo, pero se dividen en capítulos que se identifican fácilmente y establecen la estructura temática de la cinta.

La perspectiva desde la que Baraka intenta transmitir su mensaje es interesante y compleja. Nos habla desde una distancia reflexiva que no se apresura a elaborar juicios ni a provocarlos en el espectador. Sutilmente construye momentos y sensaciones que progresivamente dibujan los contornos de un horizonte en el que se asoma una advertencia. Muy atrás, tal vez demasiado, han quedado los días en los que el hombre mantenía una relación de armonía con la naturaleza. En nuestros orígenes, aquellos hombres no descubrían aún que eran capaces de dominarla y no intentaban poseerla. Maravillados, buscaban la integración y el respeto. En Baraka el aborigen representa la coexistencia no invasiva, la inocencia de una era sin técnica que más tarde dará nacimiento a la modernidad.

Mientras observamos la transformación del ser humano, cada vez más alejado de la religión, y el desarrollo de la cultura occidental basada en el progreso científico y tecnológico, se insertan imágenes de impresionantes escenarios naturales que revelan la dinámica histórica de nuestra relación con la Tierra: El hombre progresa, se reproduce y ocupa nuevos espacios, construyendo ecosistemas de concreto en los que un rascacielos sustituye el templo de algún dios en el que ya nadie cree y el monótono ruido de las máquinas se convierte en oración. La tierra silente, observa y resiste. ¿Pero por cuánto tiempo?.

Baraka señala algunos de los aspectos más absurdos y terribles de la vida moderna, especialmente los derivados de la tecnología occidental: Ciudades sobrepobladas colapsadas por el tráfico, el miserable hacinamiento del barrio latinoamericano y la repetición genérica de la producción industrial. Rostros inertes y desencantados esperan la llegada del metro, ahogados entre el smog y la gente. Y un desgarrador grito silente simboliza las voces que nos hemos negado a escuchar.

La experiencia es intensa y el cuestionamiento inevitable. Aunque en 18 años se haya incrementado exponencialmente el nivel de conciencia sobre el impacto que nuestro estilo de vida ejerce sobre la Tierra y en nosotros mismos, hoy parece inminente la llegada de un gran cambio en el que las consecuencias de nuestras acciones determinan el presente y el futuro. Hoy, más vulnerables que nunca, sabiendo cúan indefensos estamos frente al poder de la naturaleza, pedimos a los dioses en los que ya nadie cree que no sea demasiado tarde.

Baraka, que significa "Bendición" en Árabe, es una hermosa manera de reflexionar y maravillarse del planeta que aún nos queda.




0 comentarios:

Publicar un comentario