Everybody's Fine (Todos Están Bien)

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Robert De Niro, Drew Barrymore, Kate Beckinsale, Sam Rockwell
Director: Kirk Jones

Puntuación: 7.5

Si logramos obviar las convenciones estéticas y la dirección poco original de "Everybody's Fine", podemos encontrar una gran historia llena de significado y emoción capaz de tocar las fibras más profundas en nosotros. El eje central del film es Frank Goode (Robert De Niro), un padre de 4 hijos que intenta sortear los laberintos de la soledad provocada por la reciente muerte de su esposa. Los hijos, que no se han reunido desde el funeral de su madre hace unos 8 meses, se encuentran dispersos por distintos lugares de Estados Unidos llevando vidas ocupadas y aparentemente exitosas: Rosie (Drew Barrymore) es una bailarina estelar de musicales en Las Vegas, Amy (Kate Beckinsale) es publicista en una importante agencia, David (Austin Lysy) es pintor o mejor dicho "artista", como a Frank le gusta llamarlo, y Robert (Sam Rockwell) es director de orquesta. Todo producto del esfuerzo que hicieron sus padres para impulsarlos (o empujarlos) hacia el éxito. Frank recuerda con orgullo los 300 kilómetros de cable que tuvo que recubrir con PVC para llevarlos al lugar en el que están. Esta realidad, aparentemente perfecta, comienza a transformarse y a mostrar sus colores verdaderos cuando ninguno de los 4 puede asistir a una reunión familiar organizada por Frank. El peso de la ausencia se hace insoportable y decide recorrer el país en trenes y autobuses para visitar a cada uno sin previo aviso y averiguar qué está pasando en las vidas de sus hijos.

Mientras Frank toma un tren a Nueva York para sorprender a David, el artista, conocemos a través de sus hermanas que ha desaparecido desde hace algunos días y que aparentemente fue arrestado en México por problemas con drogas. Amy y Rosie deciden no contarle nada a su padre hasta conocer más detalles y resuelven evitar hablar con él por unos días, sin saber que Frank ya está en camino. Tendrán que improvisar y lograr que de algún modo la ausencia de David no parezca sospechosa. Se avecina una crisis, algo tiene que pasar.

De esta manera, la pérdida de la madre como pilar fundamental de la familia y la repentina desaparición del hijo, desencadenan los eventos que conducirán a Frank a rasgar el velo de ilusión que su esposa y sus 4 hijos tejieron entorno a él durante años.

Detrás de una propuesta estética genérica y absolutamente predecible, "Everybody's Fine" toca varias de las situaciones más delicadas y complejas que debe enfrentar una familia. La distancia entre las expectativas de los padres y las realizaciones de los hijos. El sufrimiento de ambos cuando estas distancias no pueden salvarse y se hace evidente que los sueños no podrán cumplirse. El estigma del "deber ser", las cicatrices de las exigencias paternas y la angustia de no ser suficientemente buenos. El temor de no hacer sentir orgullosos a nuestros padres y convertirnos en los hijos que esperaban. La confrontación con los propios fracasos y el rompimiento de la comunicación. El fin de la confianza, el imperio de las mentiras: Blancas y negras. El amor maquillado; el "te quiero" de rutina y el abrazo como excusa. El frío del silencio. Reproches y arrepentimientos. Decirle al otro lo que quiere oir: "No pasa nada, todo está bien."

En algunas familias las máscaras permanecen y los hijos nunca pueden comunicarse Se sienten juzgados, incomprendidos y frustrados. Sin autoestima, con la confianza destruida. Y los padres no conocen a sus hijos, no saben qué piensan ni qué sienten, se consuelan asumiendo que "están bien" y que es suficiente querer lo mejor para ellos. Y la vida se hace un círculo de espejismos en el que la realidad se transforma en lo que cada uno quiere ver. Un gran teatro, de fantasía y engaño. Así había sido para los Goode hasta que la tragedia y las circunstancias forzaron el cambio. Una nueva oportunidad para renovar los afectos y sanar las heridas. Vínculos reales: Sinceridad, compresión y apoyo. Amor de verdad. Lamentablemente, para algunos siempre es demasiado tarde...

Exceptuando la contenida pero genial actuación de Robert De Niro, "Todos están bien" se presenta con cualidades cinematográficas muy modestas. Sin embargo, triunfa recordando el valor y la importancia de la familia y lo que significa no tener una en el momento indicado. Cómo los padres pueden marcar a los hijos imponiéndoles sus expectativas como referencias de éxito y orgullo. Y la destrucción que el silencio y la mentira provocan en las relaciones familiares. Que alcanzar los sueños y la realización personal dependen más del apoyo, la comprensión y el espacio que de la obsesión con el éxito. Que la felicidad no es realizar las expectativas de los padres porque es lo que soñaron, sino que cada quien ha de encontrar el sentido de su propia vida.

Baraka

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Director: Ron Fricke
Guión: Constantine Nicholas y Genevieve Nicholas

Puntuación: 8.5

Debo confesar que no vi Baraka cuando fue estrenada en el año 92. Durante todo este tiempo se convirtió en una tarea que fue pospuesta una y otra vez a pesar de los comentarios positivos que leí y escuché por años. Recientemente tuve la oportunidad de ver la versión restaurada en alta definición de este film, y no cabe duda de que en 18 no había tenido tanta vigencia como hoy.

Baraka es una cinta peculiar que no cuenta con diálogos, personajes o actores en el sentido tradicional de la palabra. Está compuesta por secuencias de imágenes estilo documental grabadas en 24 países, que aunque no desarrollan una historia, son profundamente emocionales y determinan el ritmo e intensidad de las sensaciones que se experimentan. Su exquisita composición artística la convierte en una especie de híbrido entre el género documental y un drama antropológico naturalista.

En 96 minutos, presenciamos una contemplación sobre las diversas manifestaciones de vida en la tierra, cuyo eje central sea quizás la delicada relación entre el ser humano y el resto del planeta. Las secuencias no poseen títulos, números o marcas de algún tipo, pero se dividen en capítulos que se identifican fácilmente y establecen la estructura temática de la cinta.

La perspectiva desde la que Baraka intenta transmitir su mensaje es interesante y compleja. Nos habla desde una distancia reflexiva que no se apresura a elaborar juicios ni a provocarlos en el espectador. Sutilmente construye momentos y sensaciones que progresivamente dibujan los contornos de un horizonte en el que se asoma una advertencia. Muy atrás, tal vez demasiado, han quedado los días en los que el hombre mantenía una relación de armonía con la naturaleza. En nuestros orígenes, aquellos hombres no descubrían aún que eran capaces de dominarla y no intentaban poseerla. Maravillados, buscaban la integración y el respeto. En Baraka el aborigen representa la coexistencia no invasiva, la inocencia de una era sin técnica que más tarde dará nacimiento a la modernidad.

Mientras observamos la transformación del ser humano, cada vez más alejado de la religión, y el desarrollo de la cultura occidental basada en el progreso científico y tecnológico, se insertan imágenes de impresionantes escenarios naturales que revelan la dinámica histórica de nuestra relación con la Tierra: El hombre progresa, se reproduce y ocupa nuevos espacios, construyendo ecosistemas de concreto en los que un rascacielos sustituye el templo de algún dios en el que ya nadie cree y el monótono ruido de las máquinas se convierte en oración. La tierra silente, observa y resiste. ¿Pero por cuánto tiempo?.

Baraka señala algunos de los aspectos más absurdos y terribles de la vida moderna, especialmente los derivados de la tecnología occidental: Ciudades sobrepobladas colapsadas por el tráfico, el miserable hacinamiento del barrio latinoamericano y la repetición genérica de la producción industrial. Rostros inertes y desencantados esperan la llegada del metro, ahogados entre el smog y la gente. Y un desgarrador grito silente simboliza las voces que nos hemos negado a escuchar.

La experiencia es intensa y el cuestionamiento inevitable. Aunque en 18 años se haya incrementado exponencialmente el nivel de conciencia sobre el impacto que nuestro estilo de vida ejerce sobre la Tierra y en nosotros mismos, hoy parece inminente la llegada de un gran cambio en el que las consecuencias de nuestras acciones determinan el presente y el futuro. Hoy, más vulnerables que nunca, sabiendo cúan indefensos estamos frente al poder de la naturaleza, pedimos a los dioses en los que ya nadie cree que no sea demasiado tarde.

Baraka, que significa "Bendición" en Árabe, es una hermosa manera de reflexionar y maravillarse del planeta que aún nos queda.




500 days of Summer (500 días con ella)

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Joseph Gordon-Levitt
Zooey Deschanel
Director: Mark Webb
Guión: Scott Neustadter y Michael H. Weber
Puntuación: 8.5/10

"500 days of Summer" no es propiamente una comedia romántica aunque sea clasificada como tal. Es cierto, hay unos cuantos momentos de humor y su eje central es el amor, pero lo que subyace en esa descripción superficial la convierte en mucho más. Podríamos decir que "500 días con ella" es una comedia romántica de la misma manera en que la involvidable "Annie Hall", obra maestra de Woody Allen, es una comedia romántica. Y salvando las distancias, ambas poseen esa frescura inteligente y la irreverencia de presentar una historia, en apariencia trillada, de una forma distinta que nunca deja de sorprender.

La cinta, en su nivel más profundo, es una crónica sobre la complejidad de las relaciones humanas y el riesgo que corremos al apostar por una persona cuando hay sentimientos en juego. Es una visión agridulce del desamor en donde queda claro que aquel dicho: "En toda relación hay uno que quiere y otro que se deja querer" no es sólo cierto, sino que condiciona la dinámica de una relación desde el principio. Todo lo que sucede en la historia es consecuencia de que Tom (Joseph Gordon-Levitt), el personaje principal, se enamora perdidamente de Summer (Zooey Deschanel) sin que ella pueda corresponderle. Cada etapa del nacimiento, clímax, declive y rompimiento de su relación está determinada por lo que cada uno siente por el otro, y pronto se hace evidente que cuando las diferencias son tan grandes el final no puede ser feliz. Un narrador nos advierte al inicio de la película que "esta no es una historia de amor", y efectivamente, no lo es. Pero a pesar de la advertencia, "500 Days of Summer" logra conectarnos con cada personaje y hace que la historia importe, nos afecte y la asociemos con nuestras realidades personales.

Es realmente interesante compartir opiniones con quienes han visto el film porque cada uno lo interpreta desde su perspectiva particular y descubrimos que algunos se identifican son Summer y otros con Tom, pero no porque uno u otro tengan razón, sino porque estos personajes son reales, se parecen a nosotros. Lo que ambos viven como pareja a lo largo de la película es tan cercano a lo que todos hemos experimentado alguna vez, que sin darnos cuenta nos hemos convertido en observadores que juzgan desde su experiencia. Y eso es quizás lo más especial de esta película. Logra hablarle al espectador y lo confronta con varios de los mecanismos, juegos y estrategias implícitos en el enamoramiento de dos personas que acaban de conocerse: Cómo a veces no podemos elegir en quién nos fijamos y somos atraídos por una fuerza de gravedad inevitable, cómo idealizamos a las personas convirtiéndolas en alguien que no son (resaltando lo bueno y obviando lo malo) y cómo intentamos transformar la realidad para alinearla con nuestras expectativas; cómo en ocasiones callamos para no herir al otro y cómo a veces el simple hecho de que nos hace sentir bien es motivo suficiente para seguir con una persona que no queremos realmente.

Una nota en la primera secuencia de la cinta revela que toda, o casi toda la historia, fue tomada de una experiencia real que vivió uno de los guionistas, quien a modo de catarsis convirtió su dolor en la gran película que disfrutamos ahora. Y es esto, en gran parte, lo que le otorga esa sensación de cercanía y realidad a la película. El resto del trabajo lo consigue la dirección genial de Mark Webb, que nunca teme elegir caminos distintos para que el film exprese visualmente todas y cada una de las emociones que sienten los personajes, especialmente Tom. No sólo lo consigue, además logra multiplicar las sensaciones del espectador con secuencias inolvidables como la de "Realidad Vs Expectativas", que se convierte en el clímax de la historia y del film. La producción también es impecable, al igual que las actuaciones de un reparto sólido en donde nadie desentona. Completa un soundtrack con excelentes temas que además de acompañar, participa en el mundo de los personajes y nos sumerge en la melancolía agridulce que respira "500 days of summer" de principio a fin.

Dos nominaciones al Globo de Oro y tres al Independent Spirit Award, en el que ganó el premio al mejor guión, son algunos de los reconocimientos de este pequeño gran film que nos hace recordar una vez más por qué el cine independiente es cine de culto, siempre tan cercano, relevante y memorable.


The Hurt Locker (Zona de Miedo)

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Jeremy Reener, Anthony Mackie, Bryan Geraghty
Director: Kathryn Bigelow
Guión: Mark Boal
Puntuación: 8.5/10

“El ímpetu de la batalla es una potente y frecuente adicción, porque la guerra es una droga”.
Con esta cita de Chris Hedges, un corresponsal de guerra, abre la secuencia inicial de Zona de Miedo, y en ella se entrega la clave para descifrar no sólo el sentido de la película sino la intención de sus realizadores al crearla. En una época donde llueven documentales y cintas en contra de la guerra en Iraq, la propuesta de “Zona de Miedo” se hace aún más interesante. No emite ningún tipo de juicios, a favor o en contra, sobre la guerra. No hay críticas ni reflexiones acerca de su legitimidad o sentido. Tan sólo quiere observar a la menor distancia posible, la vida de un soldado en el calor de la batalla. Es una reflexión, casi neutral, sobre la relación entre la guerra y los hombres que las luchan. Sobre cómo se transforman y quiénes deben ser para soportar lo que enfrentan todos los días. Es un intento por comprender esa distancia, a veces insalvable, entre los militares y el resto de nosotros.

El eje de la historia es la relación entre 3 soldados de la división de explosivos especialistas en desactivar bombas: Sanborn, Eldrige y James. Éste último llega para reemplazar a un oficial fallecido en una explosión. Sanborn y Eldrige tienen algún tiempo trabajando juntos, se conocen y han establecido un método riguroso de operaciones con un sólo objetivo: volver a casa. Pero James, quien se convierte en el líder del grupo, quiere hacer las cosas a su manera y transita la delgada línea que separa al valiente del temerario o el idiota. A través de esta relación y de los conflictos que enfrenta, casi siempre por las decisiones de James, vamos conociendo y definiendo a cada personaje, con sus demonios y matices. Son soldados en Iraq, nadie es completamente normal. Sin embargo, bajo el miedo y la angustia de la muerte, Sanborn y Eldrige son sólo un par de muchachos que intentan hacer su trabajo lo mejor posible para regresar sanos y salvos a casa sin mucho que lamentar. Para ellos la guerra es un trámite, un deber que hay que cumplir para poder dejarlo atrás. Pero no para James, él es diferente. Su personaje representa el tipo de hombre que interesa al guionista Mark Boal y a la directora Kathryn Bigelow. El soldado adicto a la guerra, atrapado en su niebla, que vive y respira por y para ella. James es el hombre descrito por la cita que inicia la película, el que es consumido por el ímpetu de la batalla y la exaltación del peligro. A medida que avanza, “Zona de Miedo” nos revela a un James cada vez más arriesgado, más desafiante y más alejado del mundo que lo rodea, recorriendo con cierto gusto la frontera del peligro extremo sin poder explicar sus motivos, sin lograr que sus compañeros entiendan su necesidad de exponerse y exponerlos a ellos. El desenlace de la historia conduce a ese reconocimiento, a enfrentar la imposibilidad de asumir una vida normal en la que una familia, el amor de un hijo y una tarde en casa son suficientes para darle sentido a la vida de un hombre. La guerra es todo, la guerra es el sentido.

“Zona de Miedo” exige al espectador. No explica demasiado y en sus diálogos encontramos poco más que pistas que revelen el interior de los personajes. Los juicios, reflexiones y conclusiones van por cuenta del observador. Su intención principal es mostrar y transmitir la tensión, la vulnerabilidad y la posibilidad absoluta de la muerte, que siempre parece inminente. Y lo logra con maestría, sin embargo el significado que tenga todo esto debe encontrarlo cada uno. Eso es lo más interesante de su propuesta, la sensación de que por unas 2 horas, hemos sido transportados a la vida de un grupo de soldados que luchan por sobrevivir en uno de los ambientes más hostiles que existen en el planeta. El elenco de actores principales relativamente desconocidos y la dirección cruda y asfixiante que acompaña a un guión libre de dramatismos típicos de Hollywood, consuman la experiencia de hacernos sentir realmente allí o al menos imaginar como sería.

Más allá de la discusión sobre si sea una obra maestra merecedora del Oscar a la mejor película, “The Hurt Locker” es una cinta original con mucho carácter y una propuesta distinta que dejará satisfechos a todos los que alguna vez se hayan preguntado cómo las guerras consumen y transforman a los hombres.